martes, 14 de septiembre de 2010

Método científico.


   Episodio esclarecedor:

  En 1974 en Buenos Aires, no sé en que mes, llovía sin parar desde hacía 5 o 6 días. Un chico de 4 años, que vivía en un departamento en planta baja, en la calle Charcas, se hastiaba al parecer por el encierro que la persistente lluvia imponía a sus días. Creo que ese chico era yo. La sensación era de frustración, de impotencia manifiesta, y hacía de las circunstancias meteorológicas, un  cataclismo opresor, un gran caos. El fin del mundo, o "El diluvio universal". Una especie pre-bíblica de diluvio, se entiende. Se entiende que aquí, la imagen de la experiencia precedió al relato de la misma.
 En aquel departamento había dos patios. Uno mas interior, una especie de balcón, planeado para volver mas tolerable la vida en un cajón, que proporcionaba a los habitantes,mas que la vista de un "exterior", una sensación vaga y nebulosa de otredad. El otro patio era mas claramente un lugar no-interno. Se veían otras construcciones, llegaban hasta él ruidos de motores, gritos de transeúntes, y regiones mas amplias de cielo. El caso en aquellos días de 1974, es que este segundo patio era un lugar vedado por diversas razones entre sanitarias y domésticas. 
  Me hartaron al poco tiempo de iniciado el cautiverio, los juegos de interior, las rutinas diarias. Me entretenía en enfocar la  propia atención tratando de no llamar la de otros. Nuevos juegos. Estoy seguro de haberme hecho el dormido muchisimas veces en esos días. Miraba el ir y venir de los actores principales de la vida en casa. Sufría indeciblemente cuando me hacían objeto de su atención. Yo buscaba no ser notado, un momento amplio para ejecutar mi evasión hacia el patio de afuera. Mi práctica engañosa empezó a transformarme. Comencé a sentir una ansiedad manifiesta por observar qué hacían, o mejor dicho la manera de su desenvolverse en la consecución de sus diversos objetivos: El ir y venir apurado de la señora que limpiaba, su tácita complicidad conmigo para ignorarnos...hasta que había que preparar la comida, y después lograr que yo la ingiriera. Pero por suerte contaba con un aliado inestimable. Uno de esos factores estratégicos, que son la bendición para un guerrero: Mi hermana.
  Su sóla presencia, además de su condición de hermana menor, me facilitó la consecución de una imagen afantasmada, secundaria. La de alguien que podía valerse por sí mismo algo más que la pequeña criatura. La recién llegada, de la que se sabía mucho menos, pero que se hacía notar a cada rato,y era objeto de todo tipo de atenciones que yo iba perdiendo proporcionalmente.
  Lo que unas semanas antes me desvelaba, y consideraba un infortunio, comenzó poco a poco, en esos días de diluvio, a constituir mi mayor ventaja. 
  El patio grande estaba cerrado. Con llave. Desestimé buscarla. En la cocina, mi hermana era premiada cada vez que el contenido de alguna cuchara desaparecía en sus fauces. Con algunas incipientes lagrimas me acerqué a la puerta de vidrio del patio feo, y la entreabrí, como si viera caer el puente sobre el foso de un castillo. El sonido de las gotas en el mosáico del patio me asaltó junto con un aire fresco, una ráfaga. Contuve un impulso de cerrar la pesada puerta. Y miré fijamente hacia las baldosas. El estrépito sonoro de cada gota se multiplicaba por todo el piso del patio. Era casi de noche, lo recuerdo porque las luces de algún estático farol se reflejaban en las brillantes, y líquidas baldosas. Las gotas adquirían sobre la superficie iluminada, un carácter activo, parecían entidades vivas, soldados de un ejército sorprendidos por mi, en pleno fragor de una batalla, o prófugos desesperados, interminables. Entonces me acordé, de que mi mamá me había contado un cuento, pocos días atrás, mientras mirábamos a través del vidrio de esa misma puerta. El cuento de los enanitos encerrados en cada gota. 
  No me acuerdo de mas cosas hasta unos años depués.

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